Por Miguel Moreno Méndez | Ápice Consulting & Coaching
Hace poco escuché una conversación en un podcast que no he podido sacarme de la cabeza. Alguien había escrito una carta contando que, con apenas treinta y nueve años, ya no reconocía el país que sus padres y abuelos construyeron con paciencia, con cuidado, con las manos llenas de tierra y de tiempo. Sus abuelos habían vivido una guerra civil, vieron a amigos y vecinos enfrentados hasta el odio, y aun así encontraron el camino de vuelta al otro. Y ella se preguntaba cómo es posible que, dos generaciones después, estemos tirando ese legado a la basura con tanta ligereza.
No dejé de pensar en esa carta. Porque aunque hablaba de España, podría haber sido escrita aquí, en Colombia, esta misma semana.
Lo que estamos viviendo en Colombia ahora mismo
Escribo esto apenas tres días después de que Abelardo de la Espriella se posesionó como presidente en Cali, en medio de lo que varios medios describieron sin exagerar como una de las polarizaciones más profundas que ha vivido el país. Mientras unos celebraban, otros marchaban en contra. Mientras el nuevo gobierno anunciaba operativos contundentes contra estructuras criminales y hablaba de recuperar el orden, de Dios, de la familia y de los valores algo que a mí, honestamente, me alegra escuchar, del otro lado crecía la desconfianza y la indignación.
Y en redes sociales pasa algo que deberíamos poder nombrar sin miedo: hay quienes buscan amigos «de izquierda» porque los de «derecha» ya no les hablan, y buscan amigos «de derecha» porque los de «izquierda» se volvieron insultantes. Nos estamos quedando sin nadie con quien hablar, precisamente cuando más necesitamos hablar.
El punto cero no es la política
Lo primero que hay que entender es que el conflicto no nace en la política. La política es apenas la superficie donde estalla algo mucho más profundo: dejamos de escuchar al otro para entenderlo y empezamos a escucharlo solo para esperar que termine de hablar y poder reprocharle. Esa diferencia tan pequeña en apariencia lo cambia todo.
Los seres humanos tenemos una capacidad extraordinaria para etiquetar. Nos sirve para todo lo útil: saber para qué sirve un vaso, un bolígrafo, una herramienta. El problema empieza cuando esa misma capacidad se traslada a las personas. Ahí ya no clasificamos objetos, clasificamos seres humanos: los metemos en una categoría, los juzgamos, los condenamos. Y ese modelo el del juicio inmediato se ha convertido en el idioma oficial de nuestra época. Si no piensas como yo, ya no eres alguien con quien discrepo: eres alguien a quien debo excluir.
Dos historias que escuché y que no me sueltan
En ese mismo podcast, uno de los invitados contaba la historia de Daryl Davis, un músico afroamericano que decidió acercarse a miembros del Ku Klux Klan con una sola pregunta genuina: ¿por qué me odian sin siquiera conocerme? No fue un enfrentamiento. Fue curiosidad. Y esa curiosidad, sostenida en conversaciones reales, hizo que varias personas abandonaran la organización. La estructura no cambió por decreto: cambió porque cambió la conversación.
También contaban lo ocurrido en la cumbre de Reikiavik, cuando Reagan y Gorbachov representantes de dos bloques que se apuntaban con armas nucleares dejaron por un instante de ser «el enemigo» para volver a ser dos hombres. Gorbachov le dijo a Reagan que tendría que buscarse otro enemigo, porque él ya no quería serlo. Ese instante, según lo relataba quien lo había presenciado de cerca, fue el principio del fin de la Guerra Fría. No lo resolvió un tratado. Lo resolvió el reconocimiento de la humanidad del otro.
Dos historias que no son nuestras, pero que deberíamos adoptar como propias, aquí, en este momento exacto de Colombia.
Ganamos todos o perdemos todos
Pensemos en el oxígeno y el hidrógeno peleando por saber cuál de los dos es más importante. Por separado, ninguno es agua. Juntos, son la molécula de la vida. La polarización funciona igual: es un juego de suma cero donde, aunque parezca que «gana» un bando, en realidad pierden los dos. Al que insulta le sube la tensión igual que al insultado. Sufren ambos, aunque solo uno lo reconozca.
Los atajos que sí sirven
Yo llevo años trabajando desde el coaching y la consultoría, acompañando líderes y equipos, y hay algo que he aprendido y que quiero decirle a mi país sin rodeos: no hay atajo ilegal que construya nada duradero. Ni en una empresa, ni en un gobierno, ni en una vida. Los únicos atajos que valen la pena son los del conocimiento: ver una realidad distinta, cuestionar lo que dábamos por obvio, salir del bando para mirar el problema completo.
Eso también aplica a la economía real. Si de verdad queremos menos delincuencia y más oportunidades para los jóvenes, no basta con la mano dura contra el crimen, aunque es más que necesario, necesitamos sentirnos seguros y poder salir de nuevo a las calles sin preocupaciones y confiar que regresamos a casa, pero también que el delincuente lo piense dos veces antes de actuar porque de verdad le teme a la ley que es al final la que da el orden en una sociedad: hace falta acompañarla de políticas que le den aire al empresario colombiano, que hoy carga una de las cargas tributarias más pesadas de la región para poder generar empleo. No se trata de regalar nada: se trata de quitar los obstáculos para que quien quiera crear riqueza honestamente pueda hacerlo, y que ese crecimiento llegue a quien más lo necesita.
El llamado
No escribo esto para decirte a quién creerle ni por quién marchar. Lo escribo porque este es un momento bisagra, y los momentos bisagra piden algo más que reacciones: piden un llamado de atención real. Independientemente de qué gobierno tengamos, la responsabilidad de reconstruir el tejido social no es solo de quien está en el poder. Es nuestra, de cada colombiano, de cada latinoamericano que todavía tiene la capacidad de mirar al que piensa distinto y preguntarle, con curiosidad genuina, qué es lo que de verdad necesita, en lugar de decidir de una vez que es su enemigo.
Pertenecemos al 0,01 % de las especies que alguna vez existieron y que siguen vivas. No es porque tengamos el cerebro más grande. Es porque aprendimos a cooperar. Esa es, literalmente, la razón por la que estamos aquí.
La reconquista que Colombia necesita no es la de un color político sobre otro. Es la reconquista de los valores, de la palabra dada, de la familia, de la fe de cada quien, del trabajo bien hecho. Y la recompensa no es que un bando gane: es que, como sociedad, volvamos a crecer juntos, sin atajos ilegales y sin más trincheras.
Colombia, Latinoamérica: se nos está acabando el tiempo de seguir buscando amigos según su bandera. Empecemos, de una vez, a buscarnos como seres humanos.



