Del éxito financiero al abismo: Mi historia como CFO

Cómo fui el CFO más joven del sector

y terminé con un diagnóstico de depresión

Tenía poco más de veinte años. Los números subían. El cargo impresionaba. Y yo, por dentro, me estaba apagando en silencio. Lo que aprendí de ese quiebre no lo encontré en ninguna maestría. Lo aprendí cuando ya no tuve otra opción que mirarme de frente.

ENTRÉ SIN QUE NADIE APOSTARA DEMASIADO

Éramos una camada. Así le decíamos. Un grupo de personas jóvenes que llegamos casi al mismo tiempo a esa empresa, la mayoría entre los diecinueve y los veintidós años. Nadie esperaba grandes cosas de ninguno. Éramos promesas sin historial, energía sin nombre.

A mí me pusieron en uno de los departamentos financieros. Llegué con ganas, con la ingenuidad propia del que todavía no sabe exactamente lo que no sabe. La persona que me reclutó desapareció de la compañía a las pocas semanas. Normal. En esa organización, los jefes rotaban con una frecuencia que hacía difícil saber quién mandaba qué. Llegaban, intentaban encajar con la presidencia, no lo lograban, y el cargo quedaba vacante.

Así pasó varias veces. Hasta que le tocó a una compañera. Capaz, comprometida. Pero el estrés de ese departamento, la cartera morosa enorme, la presión constante… fue demasiado para ella. Y entonces hizo algo que todavía llevo conmigo: en lugar de simplemente salir, me señaló a mí.

Le dijo a la presidencia, en esencia: «Yo no puedo. Pero él puede.»

Me dieron un mes.

No busqué ese cargo. Llegó porque alguien que se quedó sin fuerzas tuvo la generosidad de creer en las mías. Eso nunca se olvida. Y eso también enseña algo sobre lo que significa liderar: no siempre es el que levanta la mano el que está listo para asumir. A veces es el que alguien más ve, antes de que uno mismo se vea.

UN MES. Y LUEGO OTRO. Y LUEGO OTRO.

Entré a ese departamento con una cartera morosa gigantesca. Tuve que empezar a depurarla desde cero, compitiendo con personas que me doblaban en experiencia, que me miraban con ese escepticismo tranquilo que tienen los veteranos cuando llega alguien joven con ideas propias.

No llegué a decirles cómo hacerlo. Llegué a escucharlos. Y luego a actuar.

Al mes, los resultados eran buenos. Me dieron otro mes. Al segundo, eran mejores. Me dieron otro. Y así fui construyendo, período a período, lo que terminó siendo mi consolidación en ese rol. Hasta el día en que decidí retirarme por cuenta propia.

Paralelamente, como hace el que quiere progresar y no tiene otra opción que el trabajo, empecé a sumar. Otras empresas, otros proyectos. Recién casado, con el sueño de darle algo mejor a mi familia, con la energía de los veintitantos y una ambición que nadie te dice que tiene un precio.

Los resultados me seguían. Eso era lo que yo veía. Lo que no veía aún era todo lo que le estaba costando a lo demás.

«El éxito más peligroso es el que llega justo antes de que te quiebres, porque te convence de que vas bien.»

LA CIMA TIENE UN REVERSO QUE NADIE TE MUESTRA

Con el tiempo fui asumiendo responsabilidades más grandes. Llegué a dirigir procesos financieros en otras organizaciones, a ser nombrado director general de un proyecto regional para Latinoamérica. Era el más joven del equipo directivo. Era el que mejores resultados presentaba. Superamos en más del doscientos treinta por ciento las metas proyectadas.

Desde afuera todo se veía impecable.

Por dentro, algo se estaba fracturando en silencio. La distancia con mi esposa creció de la misma manera en que crecían mis responsabilidades: gradualmente, casi imperceptiblemente, hasta que un día fue insalvable. Llegó la separación. Luego, en ese espacio que deja la soledad después de una ruptura, llegó otra relación. Una persona que con el tiempo también se fue. Y esa segunda fractura, combinada con saber que el proyecto que me sostenía tenía fecha de caducidad, fue lo que finalmente me detuvo.

No de golpe. No dramáticamente. Me detuve como se detienen los que llevan años funcionando a velocidad máxima: despacio, sin quererlo, hasta que el cuerpo y la mente simplemente se niegan a seguir al ritmo que les exiges.

LA PALABRA QUE NO ESPERABA ESCUCHAR SOBRE MÍ

Depresión. Ansiedad.

La primera vez que escuché ese diagnóstico referido a mí, algo lo rechazó. Eso le pasa a personas que no pueden. Yo era el director financiero, el CEO del proyecto, el que entregaba. Yo no podía estar deprimido. Sería una contradicción con todo lo que había construido.

Esa reacción, con el tiempo, se convirtió en una de las lecciones más importantes de mi vida: confundir el cargo con la persona es uno de los errores más costosos que puede cometer un líder.

Lo que vino después fue complejo en varios frentes. Hubo amenazas que me obligaron a vivir con escolta durante meses, a replantearlo todo, proyectos que tuve que detener, negocios que tuve que cerrar, la forma entera en que organizaba mi vida. Eso también pesa. Y cuando todo eso se acumula sobre una fractura emocional, lo que queda ya no es fortaleza ejecutiva.

Es un ser humano que necesita ayuda.

Empecé con medicación. Y empecé, por primera vez en mucho tiempo, a prestarle atención a lo que sentía, no solo a lo que producía.

«Uno puede mantener los números en verde mientras por dentro todo está en rojo. Y hacerlo durante mucho tiempo. Hasta que ya no puede.»

LO QUE NADIE LE ENSEÑA AL HOMBRE QUE DIRIGE

Los hombres, sobre todo los formados en la cultura corporativa de los noventa y los dos mil, aprendemos que tenemos básicamente una emoción disponible en el trabajo: el mal genio. Todo lo que no es eficiencia se llama distracción. Todo lo que duele se llama preocupación y se mete debajo de la mesa hasta que pase.

Yo fui muy bueno haciendo eso. Durante años.

Pero cuando el sistema colapsó, me vi obligado a aprender algo que nadie me había enseñado: que las emociones no desaparecen cuando las ignoras. Se acumulan. Y cuando se acumulan demasiado, cobran con intereses.

Me puse a investigar. Estudié las trece emociones más comunes presentes en todas las culturas. Aprendí a identificarlas, a nombrarlas, a verbalizarlas. Porque la verbalización es el primer paso para no ser gobernado por lo que sientes. No para eliminarlo, para conocerlo. Para poder decirle: te reconozco. Ahora yo decido qué hago contigo.

Eso me cambió como persona. Y me cambió como líder. No porque me volvió más suave. Sino porque me volvió más completo.

«La fortaleza no es la ausencia de emoción. Es saber qué estás sintiendo y seguir eligiendo desde ese lugar más honesto, más tuyo.»

BARCELONA Y EL NOMBRE QUE LE PUSE A TODO ESTO

Años después hice una maestría en liderazgo en Barcelona. Y en ese proceso algo encajó con una claridad que no había tenido antes: todo lo que yo había hecho durante años, impulsar personas, acompañar procesos, sostener equipos en momentos de presión, tenía un nombre. Se llamaba coaching. Y yo lo llevaba practicando sin saberlo desde que era el chico más joven del departamento financiero.

Pero había algo que yo podía ofrecer y que muy pocos coaches pueden dar: yo había estado dentro del juego. No desde la tribuna. No desde los libros. Desde el lugar donde se toman las decisiones reales, donde el estrés no es un concepto sino algo que se siente en el cuerpo, donde mostrar que algo te afecta se siente como una derrota porque nadie te enseñó otra forma.

Eso era lo que me faltaba a mí en los momentos más difíciles: alguien que supiera hablar desde adentro. Alguien que conociera la diferencia entre el mensaje bonito de la charla motivacional y lo que pasa de verdad cuando sales de esa charla y te enfrentas al lunes en la oficina.

Ese alguien decidí ser yo.

Y eso me llevó a entender algo que hoy es el centro de todo lo que hago: el liderazgo no empieza en el cargo. Empieza en el ser. Primero quién eres. Luego qué haces. Cuando lo tienes al revés, y la mayoría lo tiene al revés, tarde o temprano el cuerpo, la vida o las personas que amas te pasan la factura.

Del ser para el hacer. Siempre en ese orden.

POR QUÉ TE CUENTO ESTO

No te lo cuento para que me admires. No te lo cuento para construir una historia de superación conveniente. Te lo cuento porque sé que hay demasiados líderes leyendo esto que reconocen algo en estas páginas. No todo, quizás. Pero algo. El cansancio que no se dice. La distancia que crece. La sensación de que estás corriendo una carrera que nadie va a detener aunque tú ya no puedas más.

Hay otra forma. Un liderazgo que no te cuesta la salud ni te aleja de lo que amas. Que no te obliga a elegir entre ser poderoso y ser humano. Que empieza por saber quién eres cuando no tienes título, cuando los resultados no llegan, cuando el diagnóstico te mira a la cara y no te da otra salida que conocerte.

Ese camino existe. Es más largo y más incómodo que el otro. Pero lleva a algún lugar real.

Yo lo recorrí. Y hoy acompaño a otros a encontrarlo.

¿Y tú? ¿Cuándo fue la última vez que te detuviste a preguntarte cómo estás tú,  no tu empresa, no tu equipo, no tus cifras sino tú?

Del ser para el hacer,  y del hacer, retornando al ser.

El que se gobierna, gobierna.

Miguel Moreno Méndez

Coach Ejecutivo· Consultor · Autor

Director General · Ápice Consulting & Coaching

Creador del Método Ápice, Programa Respiro 

miguel@miguelmorenomendez.com

www.miguelmorenomendez.com 

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