El día que decidimos vivir: felicidad miedo y el arte de gobernarnos por dentro

Por Miguel Moreno Méndez

Fundador y Director General de Ápice Consulting & Coaching · Del Ser para el Hacer, y del Hacer retornando al Ser

Hace poco tuve una conversación que no he podido dejar de pensar. No fue una reunión de trabajo ni una sesión de coaching formal: fue una charla larga, de esas que empiezan hablando de la felicidad y terminan hablando de la muerte, del miedo, del cuerpo, de lo que heredamos de quienes ya no están. Y como me pasa casi siempre con este tipo de conversaciones, salí de ella con más preguntas que certezas que es, creo, la señal de que valió la pena tenerla.

Quiero compartir contigo, en este espacio y con más calma de la que suelo usar en redes, varias de las ideas que esa charla removió en mí. No como conclusiones cerradas, sino como una invitación a pensar juntos. Porque llevo años acompañando líderes y organizaciones, y cada vez estoy más convencido de algo: no existe una estrategia de negocio, un plan de transformación ni un modelo de liderazgo que sobreviva mucho tiempo sin que antes se resuelva una pregunta mucho más antigua y mucho más difícil: ¿desde qué lugar interior estoy viviendo mi vida?

Los dos minutos que deciden el resto del día

Empecemos por algo aparentemente pequeño. Hay dos momentos del día que, según la conversación que tuve, son los que verdaderamente determinan cómo vivimos todo lo demás: el instante en que despertamos y el instante antes de dormir.

La razón es más simple y más seria de lo que parece. Al despertar, nuestra atención todavía no tiene rumbo. Es un territorio disponible. Si lo primero que hacemos es abrir el teléfono y dejar que la primera noticia, la primera alarma, el primer conflicto ajeno capture ese territorio, le estamos cediendo el control de nuestro estado de ánimo a algo que no elegimos y que, la mayoría de las veces, no podemos cambiar. Enfado, urgencia, impotencia: ese es el paquete que compramos sin darnos cuenta.

La alternativa no es ingenuidad ni negación. Es disciplina de foco: decidir, antes de que el mundo decida por nosotros, en qué vamos a poner la atención. No se trata de fingir que no hay guerras, ni fingir que no hay malas noticias. Se trata de decidir, deliberadamente, empezar el día preguntándonos qué sí podemos hacer hoy, en lugar de quedarnos paralizados por todo lo que no depende de nosotros.

“Donde va la atención, va la persona.”

Y en el otro extremo del día está el segundo momento crítico: el instante antes de dormir. Aquí la ciencia del sueño tiene algo importante que decirnos. Durante la noche atravesamos distintas fases: hay una fase de sueño profundo de ondas lentas dedicada sobre todo a la reparación física del cuerpo, y hay otra fase, la fase REM, en la que el cerebro se dedica a procesar el material emocional del día. No es casual que en la fase REM los ojos se muevan rápidamente bajo los párpados: es, en cierto sentido, el cerebro trabajando, revisando, ordenando lo vivido.

Lo interesante y esto es lo que más me quedó resonando es que el estado emocional con el que nos acostamos parece condicionar qué tan bien cumple esa fase su función. Acostarnos cargados de rabia, de culpa o de resentimiento parece dificultar ese procesamiento; acostarnos con un ejercicio breve de gratitud, revisando qué agradecemos del día, parece facilitarlo. No lo tomo como una fórmula mágica ni como sustituto de ayuda profesional cuando el malestar es serio, pero sí como una práctica sencilla con una lógica sólida detrás: lo último que le decimos a nuestra mente antes de apagar la luz importa.

Esto conecta con algo que en psicología se conoce como la diferencia entre el síndrome de estrés postraumático y el síndrome de crecimiento postraumático: dos personas pueden atravesar el mismo evento devastador, y una queda atrapada en él mientras la otra lo integra como una fuente de mayor madurez y sentido. No sabemos con exactitud todos los factores que inclinan la balanza hacia un lado o hacia el otro, pero sí sabemos que cómo procesamos no solo qué nos pasó es parte decisiva de la ecuación.

Bienestar y felicidad no son la misma palabra

Uno de los enredos más comunes que veo, tanto en conversaciones personales como en salas de junta, es confundir el bienestar con la felicidad. Son cosas distintas, y confundirlas nos hace buscar en el lugar equivocado.

El bienestar subjetivo es el placer de los sentidos: un buen café, un viaje, un clima agradable, una comida deliciosa. Es real, es válido, y también es frágil, porque depende casi por completo de las circunstancias externas. Cuando esas circunstancias cambian y siempre cambian el bienestar se va con ellas.

La felicidad, en cambio, no es el goce de los sentidos: es el goce del corazón. Es una conexión con lo que somos, no con lo que tenemos. Por eso nos desconcierta tanto ver personas con muy poco que se ven genuinamente felices, y personas con mucho que se ven profundamente infelices. Si la felicidad dependiera de las circunstancias, ese contraste no existiría.

Y si la felicidad no depende de las circunstancias, entonces depende de algo que sí está en nuestras manos: la elección. No de una vez, sino cada día. Ser feliz, decía yo en una conversación reciente con mi equipo, no es una obligación moral que hay que cumplir para no sentirnos culpables. Es una decisión diaria, hecha de decisiones más pequeñas: cómo empezamos el día, en qué ponemos el foco, qué soltamos, qué agradecemos, con quién elegimos estar.

Aceptar no es resignarse: la distinción que cambia el cerebro

Hay una distinción lingüística y neurológica que me parece de las más útiles que existen: la diferencia entre aceptación y resignación.

Aceptar es asumir una situación tal como es, sin negarla ni distorsionarla, y al mismo tiempo sostener que el punto de partida no tiene por qué ser el punto de llegada. Resignarse, en cambio, es asumir una impotencia: esto es lo que hay, y no hay nada que yo pueda hacer al respecto. La diferencia entre ambas no es sutil: es la diferencia entre quedarse quieto frente a un problema y empezar a moverse dentro de él.

Lo curioso es que esta distinción no es solo filosófica. Cuando una persona se instala en la resistencia el enojo, la búsqueda de culpables, el “por qué a mí” hay evidencia de que se reduce la actividad de la corteza prefrontal, la región del cerebro asociada con la planificación, el juicio y la resolución de problemas. En otras palabras: cuanto más resistimos, menos capaces somos de ver caminos de salida. Cuando, en cambio, una persona acepta la realidad sin resignarse a ella, esa misma región del cerebro se mantiene más disponible para buscar información, generar opciones y tomar decisiones.

He escuchado historias, y también las he acompañado de cerca en procesos de coaching, de personas que enfrentan el mismo diagnóstico médico difícil con actitudes radicalmente distintas una desde la aceptación activa, llena de propósito; otra desde la ira y la sensación de injusticia y con evoluciones muy distintas. No lo digo para sugerir que la actitud lo determina todo: sería irresponsable y hasta cruel afirmar eso, porque hay enfermedades y circunstancias que no responden a ninguna actitud, por más positiva que sea. Lo digo porque la evidencia sugiere que el estado emocional es un factor real dentro de un sistema mucho más amplio, nunca el único ni el determinante absoluto.

El cuerpo, la emoción y la trampa de la simplificación

Quiero detenerme más de lo habitual, porque es un tema donde es muy fácil caer en simplificaciones dañinas, y donde la responsabilidad de quien lo comunica también la mía, escribiendo esto es mayor de lo normal.

Es común escuchar frases como “las enfermedades son emociones no procesadas”. Suena profundo, incluso empoderador. Pero llevada al extremo, esa idea puede volverse peligrosa: puede hacer que alguien con una enfermedad seria sienta que es culpable de estar enfermo por no haber “procesado” algo, o peor puede llevar a alguien a posponer el tratamiento médico convencional por creer que basta con trabajar sus emociones. He visto esta segunda forma de daño de cerca, y es de las cosas que menos me gustan del mundo del desarrollo personal cuando se practica sin rigor.

La realidad, como casi siempre, es más matizada, y vale la pena desenredarla con calma.

Un poco de historia: de la separación absoluta a la pregunta correcta

Durante buena parte de la medicina moderna, heredamos una separación casi total entre cuerpo y mente una herencia, en gran medida, del dualismo cartesiano: el cuerpo se trata en el hospital, la mente se trata en el consultorio del psicólogo, y ambos mundos apenas se cruzan. A partir de la segunda mitad del siglo XX empezó a tomar forma un campo llamado psiconeuroinmunología, que documentó algo que hoy resulta menos sorprendente pero que en su momento fue revolucionario: el sistema nervioso, el sistema endocrino y el sistema inmune se comunican entre sí de forma constante. El estrés crónico, por ejemplo, activa de manera sostenida el eje hipotálamo-hipófisis-suprarrenal, eleva el cortisol de forma prolongada, y ese estado sostenido no un mal día aislado, sino meses o años de activación constante sí se asocia con una función inmune menos eficiente y con mayor inflamación de bajo grado en el cuerpo. Esto está razonablemente bien documentado.

Lo que no está igual de bien documentado, y aquí es donde pido prudencia, es el salto que se hace con demasiada frecuencia desde “el estrés crónico influye en la fisiología” hasta “tu cáncer, tu enfermedad autoinmune o tu migraña son culpa de una emoción específica que no soltaste”. Ese segundo enunciado es mucho más fuerte, mucho menos probado, y potencialmente mucho más dañino para quien lo escucha en un momento de vulnerabilidad, hemos caído en esto constantemente, en ocasiones solo repetimos lo que oímos sin procesarlo adecuadamente, como es el caso de cotejar información que oímos con estudios o datos de otras personas profesionales en estas materias.

Lo que sí sabemos, dicho con la humildad que merece

Hay enfermedades que no tienen ningún componente emocional identificable: una intoxicación, una exposición ambiental, una toxina, una alteración genética presente desde el nacimiento. A esas personas no les ayuda en nada que les digamos que tienen una emoción sin procesar; eso no solo es impreciso, es injusto.

Lo que sí parece sostenerse, con prudencia, es que existe un vínculo real entre el estado emocional sostenido en el tiempo y ciertos procesos fisiológicos. Hay líneas de investigación asociadas, por ejemplo, al trabajo pionero de la neurocientífica Candace Pert sobre los llamados neuropéptidos, y a la disciplina de la epigenética en general que exploran cómo estados sostenidos pueden influir en la expresión de ciertos genes sin alterar la secuencia del ADN. Es un campo fascinante, activo y todavía en construcción, con hallazgos sólidos en algunos puntos y con mucha exageración divulgativa alrededor. Conviene sostenerlo con la misma humildad con la que se sostiene cualquier frontera del conocimiento: como una influencia real dentro de un sistema complejo con múltiples causas, nunca como una explicación total ni como sustituto del criterio médico.

Incluso el efecto placebo y su contraparte menos conocida, el efecto nocebo, donde la sola expectativa de un daño puede producir síntomas reales es, en el fondo, evidencia de que la mente participa en procesos fisiológicos medibles. Pero participar no es lo mismo que causar por sí sola, ni mucho menos curar por sí sola una enfermedad grave.

Dos personas, el mismo diagnóstico, caminos distintos

Por eso, cuando hablo de casos he acompañado y he escuchado de cerca historias de personas que enfrentan el mismo diagnóstico difícil con actitudes radicalmente distintas, una desde la aceptación activa y llena de propósito, otra desde la ira sostenida y la sensación de injusticia, con evoluciones muy distintas no lo cuento como prueba de que la actitud determina el desenlace. Sería irresponsable, y hasta cruel, afirmar eso: conozco historias de personas con una actitud admirable cuya enfermedad avanzó igual, y eso no significa que “no lo intentaron lo suficiente”. Lo cuento porque la evidencia disponible sugiere que el estado emocional es un factor real dentro de un sistema mucho más amplio genética, acceso a tratamiento, momento del diagnóstico, biología de la enfermedad nunca el único ni el determinante absoluto.

Por eso creo tanto en lo que hoy se llama medicina integral, y por eso me alegra que hospitales de referencia en oncología en distintas partes del mundo hayan incorporado, junto al tratamiento médico convencional, programas de acompañamiento psicosocial, manejo del estrés y apoyo emocional para el paciente y su familia. No como sustituto del tratamiento, sino como complemento con evidencia creciente de mejorar la calidad de vida, la adherencia al tratamiento y, en algunos casos, indicadores clínicos relevantes. No es elegir entre la ciencia médica y el mundo emocional: es reconocer que ambos importan, que se dan la mano, y que ninguno reemplaza al otro. El profesional de la salud que ignora por completo el componente emocional está incompleto. Y la persona que ignora el tratamiento médico convencional confiando solo en su actitud corre un riesgo serio. No es lo uno o lo otro. Es lo uno y lo otro.

Por qué esto también es un tema de liderazgo

Y aquí conecto este tema con mi trabajo, porque no es una tangente: si el estrés crónico sostenido tiene un costo fisiológico real y medible en las personas, entonces un ambiente organizacional que sostiene a sus equipos en estrés crónico por ambigüedad de roles, por conversaciones difíciles que nunca se dan, por decisiones que no bajan a la operación, por líderes que no gobiernan su propio estado interior y lo contagian hacia abajo no es solo un problema de clima laboral o de productividad. Es, literalmente, un problema de salud pública a pequeña escala, dentro de cada organización. Cuidar el estado emocional de un equipo no es un gesto blando: es, con toda la evidencia que hoy tenemos, una decisión con impacto fisiológico real sobre las personas que lo integran.

Duelo, miedo y la pregunta por los faros internos

La segunda mitad de aquella conversación giró hacia algo que tarde o temprano todos enfrentamos: la pérdida de alguien que fue, para nosotros, una referencia. Un faro. Y quiero quedarme más tiempo aquí, porque el duelo es uno de esos temas que la cultura del rendimiento tan presente en el mundo empresarial que habito tiende a apurar, como si hubiera una fecha límite razonable para “superarlo” y volver a ser productivo, en mi caso siempre disfrace el dolor con estar ocupado y produciendo, cualquier cosa que estuviera pasando en mi vida, eran fácilmente superada con montones de trabajos y de presencia en la oficina, pero las mismas no fueron gestionadas de la manera apropiada, por esto mi razón de leer, investigar, preguntar y cuestionarme permanentemente sobre estos temas, que cada vez adquieren una mayor relevancia al hondar en el mundo de los negocios…

Por qué la idea de las “etapas del duelo” se quedó corta

Durante décadas, buena parte de la cultura popular asumió que el duelo avanza en etapas ordenadas negación, ira, negociación, depresión, aceptación, un modelo que en realidad se formuló para describir cómo las personas enfrentan su propia muerte inminente, no para describir cómo se procesa la pérdida de otra persona, y que hoy la investigación en duelo considera, en el mejor de los casos, incompleto. Lo que la evidencia más reciente describe se parece menos a una escalera y más a un péndulo: las personas oscilan, a veces en el mismo día, entre momentos orientados a la pérdida el dolor, el recuerdo, la añoranza y momentos orientados a la restauración ocuparse de tareas prácticas, reconstruir una rutina, incluso reír sin sentir culpa por hacerlo. Este modelo, conocido como el modelo del proceso dual, explica algo que mucha gente vive y no sabe nombrar: la sensación de estar “bien” un rato y derrumbarse al minuto siguiente no es una señal de que algo va mal. Es, literalmente, cómo funciona un duelo sano, algo que frecuentemente me paso en mi batalla interior.

También ha cambiado la idea de que “superar” el duelo significa soltar por completo a la persona que se fue. Un marco más reciente, el de los vínculos continuos, propone algo distinto: no se trata de cortar el lazo, sino de transformarlo. La relación con quien murió no termina; cambia de forma. Sigue habitando en las decisiones que tomamos pensando en qué diría, en los valores que sostenemos porque nos los enseñó, en los gestos que heredamos sin darnos cuenta. Por eso tiene tanto sentido esa frase que a veces se le dice a alguien de duelo: que la persona que se fue sigue viva en quien se quedó. No es un consuelo vacío. Es, con otro lenguaje, exactamente lo que describen estos modelos.

Aprende a vivir sin la persona, igual eso nunca se supera, lo más complejo no es cuando la persona muere, porque de alguna forma sabemos que esta persona ya no está en el plano terrenal, es mucho más difícil cuando la persona tomo la decisión de ya no estar, y aun la vemos en redes, en conversaciones con amigos, aun nos preguntan por esa persona y la conversación es tan fracturada que ya no se da, transitar este duelo para mi suele ser el más difícil y complejo volvemos a ver las fotos, entramos a sus redes a sabiendas lo que nos hace sentir, pero aun así se debe transitar, lo que no podeos hacer, es quedarnos ahí.  

Tristeza y miedo: dos emociones que conviene no confundir

Cuando perdemos a alguien así, aparecen casi siempre dos emociones distintas, y conviene no confundirlas: la tristeza y el miedo. La tristeza es natural, humana, y en cierto sentido necesaria: es el termómetro del amor. Sería mucho más triste que la pérdida de alguien no doliera en absoluto. El miedo es otra cosa: es la sensación de que, sin esa persona, no vamos a poder salir adelante. Y ese miedo, si se instala sin ser nombrado, sí puede paralizar puede convertirse en la razón silenciosa por la que alguien no vuelve a arriesgarse, no vuelve a confiar, no vuelve a construir con la misma libertad con la que construía antes.

La pregunta por los faros internos

Lo que más me quedó de esa parte de la conversación fue una pregunta que se le hizo a la persona que estaba atravesando ese duelo: si ya no está el faro externo, ¿qué faros hay dentro de ti? Y poco a poco, con preguntas honestas no con respuestas dadas, que es la diferencia entre acompañar y aleccionar, fue apareciendo una lista: el conocimiento acumulado, la pasión por lo que se hace, la autenticidad, la empatía, la resiliencia heredada de generaciones anteriores. Ninguno de esos faros dependía de la persona que ya no estaba. Todos habían sido, en algún momento, sembrados por ella pero ya eran, desde hacía tiempo, propios.

Esto conecta, casi sin buscarlo, con lo que en la investigación sobre crecimiento postraumático se documenta en al menos cinco dimensiones distintas en las que una persona puede transformarse después de una pérdida o un evento adverso: una mayor apreciación de la vida, relaciones más profundas con quienes la rodean, la apertura a nuevas posibilidades que antes no consideraba, una sensación más sólida de fuerza personal, y en algunos casos un cambio en su vida espiritual o en su sistema de sentido. Ninguna de estas dimensiones aparece automáticamente por el simple hecho de sufrir una pérdida el sufrimiento por sí solo no genera crecimiento, y sería igual de irresponsable prometerlo. Aparecen, cuando aparecen, en quienes encuentran acompañamiento, espacio para procesar y, sobre todo, la posibilidad de nombrar sus propios faros internos en lugar de quedarse mirando fijamente el lugar donde estaba el faro externo.

Cuando el faro que se apaga es organizacional

Esta idea me parece profundamente cierta también en el mundo del liderazgo, y es, de hecho, uno de los temas que con más frecuencia encuentro en empresas familiares y organizaciones construidas alrededor de un fundador carismático. Cuando un mentor, un fundador o un jefe que fue una referencia importante se va se retira, cambia de rumbo, fallece, es fácil sentir que el equipo, o incluso la organización entera, pierde su faro. Y en parte es cierto: hay un vacío real, y negarlo no ayuda a nadie.

Pero la pregunta que de verdad importa es la misma que se le hizo a la persona en duelo: ¿qué faros internos ha construido esa organización, más allá de esa persona? ¿Existe conocimiento documentado, o vivía solo en la cabeza del fundador? ¿Hay una cultura con valores sostenidos por muchos, o dependía enteramente del carisma de uno solo? ¿Los equipos saben tomar decisiones con criterio propio, o esperan siempre la validación de quien ya no está? Si las respuestas son huecas, ahí hay una alerta seria sobre cómo se construyó ese liderazgo una organización que sostiene todo su rumbo en una sola persona no ha alcanzado, en realidad, su punto de madurez, por exitosa que parezca desde afuera. Si las respuestas revelan una lista real de recursos propios, hay una base genuina sobre la cual seguir construyendo, incluso en medio del duelo por quien ya no está.

Reinterpretar lo que sentimos: el experimento que lo cambia todo

Hay un experimento clásico de psicología, del que se han hecho variaciones a lo largo de los años, que ilustra algo que considero esencial para cualquier persona que lidera empresas, equipos o simplemente su propia vida.

A dos grupos de personas se les inyectó la misma dosis de adrenalina. A un grupo se le dijo que, después de la inyección, tendrían un encuentro incómodo y desagradable. Al otro grupo, con la misma sustancia exactamente, se le dijo que tendrían un encuentro estimulante y enriquecedor. Al preguntarles después cómo se habían sentido, el primer grupo reportó miedo intenso. El segundo reportó entusiasmo. La sustancia física era idéntica. Lo que cambió fue la interpretación.

Esto ocurre, según distintos modelos en neurociencia afectiva entre ellos el trabajo del neurocientífico Antonio Damasio sobre los llamados “mapas de sentimientos”, porque la activación fisiológica del cuerpo no llega a la conciencia con una etiqueta puesta. Llega en bruto, y es el cerebro el que la interpreta como amenaza o como oportunidad. Si la interpreta como amenaza, nos retraemos: eso es el miedo. Si la interpreta como oportunidad, nos expandimos: eso es el entusiasmo.

¿Por qué me importa tanto esta idea? Porque significa que ese nudo en el estómago antes de una decisión importante, antes de hablar en público, antes de asumir un riesgo, no tiene un significado fijo. Puede leerse como “me falta algo, no estoy listo, esto va a salir mal”. O puede leerse como “esto me importa de verdad, y mi cuerpo se está preparando para algo grande”. La sensación física es la misma. El poder de decidir qué historia contarnos sobre ella es, quizás, una de las formas más concretas de libertad que tenemos disponibles todos los días.

Del autogobierno personal al Humanismo Ejecutivo

Todo lo anterior la atención al despertar, el procesamiento emocional al dormir, la elección diaria de la felicidad, la aceptación sin resignación, los faros internos, la reinterpretación de lo que sentimos no es, para mí, una colección de temas de bienestar personal separados de mi trabajo. Es, literalmente, la base de todo lo que hacemos en Ápice.

En Ápice resumimos esta lógica en una frase que sostiene toda nuestra filosofía de Humanismo Ejecutivo: del Ser para el Hacer, y del Hacer retornando al Ser. Ninguna estrategia, ninguna decisión de negocio, ningún estilo de liderazgo nace en el vacío: nace de un estado interior. Un líder que no ha hecho el trabajo de gobernar su propia atención, su propio miedo, su propia interpretación de lo que siente, termina lo he visto una y otra vez en más de tres décadas de acompañar organizaciones sosteniendo decisiones que otros deberían tomar, cargando conversaciones que otros evitan, funcionando como el cuello de botella de su propio crecimiento.

Y lo que hace, a su vez, retorna y transforma quién es. Un líder que decide, día tras día, gobernarse desde la aceptación en lugar de la resistencia, desde la elección en lugar de la reactividad, termina construyendo casi sin proponérselo un tipo distinto de organización: una donde las decisiones se sostienen con criterio, las conversaciones difíciles se sostienen con honestidad, y el sistema no depende del agotamiento de una sola persona para funcionar.

El que se gobierna, gobierna.

Por eso insisto tanto, en conversaciones como la que tuve hace poco y en cada proceso que acompañamos en Ápice, en que el trabajo siempre empieza por dentro. No porque lo externo la estrategia, la estructura, los números no importe. Importa muchísimo. Pero una estrategia brillante sostenida por un Ser desordenado tiene fecha de caducidad. Y un Ser ordenado, incluso con recursos limitados, encuentra caminos que la resistencia jamás hubiera podido ver.

Para quedarte pensando

No cerremos este texto con conclusiones prolijas, porque el tema no las tiene todavía ni para mí. Prefiero dejarte, en cambio, con las mismas preguntas que a mí me dejó pensando esa conversación:

  1. ¿Cómo estoy usando los dos minutos más importantes de mi día: el despertar y el momento antes de dormir?
  2. ¿Estoy, frente a lo difícil que enfrento hoy, en aceptación o en resignación? ¿Cómo lo sé?
  3. ¿Qué faros internos tengo conocimiento, pasión, autenticidad, resiliencia que no dependen de nadie más que de mí?
  4. La próxima vez que sienta ese nudo en el estómago, ¿qué historia voy a elegir contarme sobre él?

Si algo de esto te resuena, te invito a compartirlo, a discutirlo, incluso a contradecirlo  porque las mejores conversaciones que he tenido en mi vida empezaron con una idea que alguien se atrevió a cuestionar.

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