Una reflexión para los papás, los líderes y las personas que se agotan intentando. Y una carta que quizá hoy necesitas.
Miguel Moreno Méndez, Coach & Consultor, Fundador de Ápice Consulting & Coaching
Hace unos días me levanté y no tuve ganas de tener la razón. No tuve ganas de demostrar nada. Me miré con honestidad y me dije, sin adornos: hoy me siento mal papá.
El día que el superhéroe se sentó
Llevo tiempo construyendo algo para mis hijos. Un proyecto en el que he puesto cabeza, corazón, horas y fe. Creí que iba a avanzar más rápido, que iba a ser más productivo, más eficaz. Lo que encontré fue lo contrario: estancamiento, problemas que no se resuelven, decisiones que no se vuelven acción.
Y en medio de eso me observé. Me di cuenta de que la mamá de mis hijos está haciendo las cosas bien. Muy bien. Mejor que yo. Yo, que me las daba del superhéroe, del que todo lo puede, del que tiene la respuesta para todo. Ese día me descubrí en desventaja. Y dolió.
Ahí llegó el impostor. Esa voz que susurra: “¿Ves? No eres lo que creías. No eres suficiente.”
El lunes le hablé a las empresas sobre la salud mental. Hoy te hablo de la mía. Porque no te puedo pedir que nombres lo que sientes si yo no me atrevo a nombrar lo que siento.
Lo que nadie nos enseñó a los hombres
A muchos nos educaron para ser fuertes, y nos explicaron mal lo que era la fuerza. Ser fuerte era no caer, no llorar, no dudar, siempre proveer, siempre tener el control.
Por eso, cuando llega la tristeza, no sabemos qué hacer con ella. La disfrazamos de rabia. La tapamos con trabajo. La ahogamos en el celular, en el trago o en el silencio. Y le decimos a todo el mundo: “Bien, todo bien.”
Yo hoy quiero proponer otra fuerza. La de decir “estoy triste” sin pedir perdón. La de reconocer que otra persona lo está haciendo mejor, y alegrarme, porque al final mis hijos están bien cuidados. La de mirar mis errores de frente sin dejar que me definan.
Ponerle nombre es empezar a salir
Esa mañana hice algo que hago con mis equipos y con mis coachees. Tomé mis tarjetas Mis emociones y yo, las extendí sobre la mesa y me pregunté: ¿qué estoy sintiendo, de verdad?
Pensé que era una sola cosa. Eran varias.
Tristeza. La tarjeta dice que no es debilidad, que es la medida de cuánto amaste. Y la imagen es la de los elefantes, que se quedan junto a quien perdieron, lo tocan con la trompa y no esconden su duelo. Yo no estaba de duelo por una persona. Estaba de duelo por la versión de mí que creí que ya iba a ser.
Frustración. La brecha entre lo que esperaba y lo que está pasando. No es fracaso: es un llamado a la flexibilidad. Su animal es un toro que embiste una pared una y otra vez. Me vi ahí. Embistiendo la misma pared, con la misma estrategia, esperando otro resultado.
Inseguridad. La voz del crítico interno que pregunta si soy “suficiente”. El erizo que se cierra y saca las púas. Ese era el impostor.
Impotencia. Esa me dolió más. La frustración de no poder arreglar algo importante. Y una de sus preguntas me desarmó: como hombre, ¿qué significa para ti no poder “arreglar” algo?
Cuando pude separar todo eso, algo cambió. Ya no era “estoy mal”. Era: estoy triste, frustrado, inseguro e impotente. Y cada una de esas emociones me estaba diciendo algo distinto. La tristeza me pedía permiso para sentir. La frustración me pedía cambiar de estrategia. La inseguridad me pedía no creerle todo a mi crítico. La impotencia me pedía aceptar que no todo depende de mí.
Lo que no se nombra nos gobierna. Lo que se nombra, se puede trabajar.
Agotarse no es rendirse
Hay una diferencia enorme entre estar agotado y estar derrotado. El agotamiento es la señal de que diste mucho. La derrota es una decisión. Y yo esa decisión no la tomo.
Me permito la tristeza. La siento, la nombro, la dejo estar. No la escondo debajo de la productividad ni la disfrazo de optimismo forzado. Pero tampoco le entregó las llaves de la casa.
Hace una semana te dije que imparable no es quien nunca cae, sino quien decide desde dónde se levanta. Hoy completo la idea: para levantarte, primero tienes que saber dónde caíste. Y eso solo se sabe poniéndole nombre.
Los momentos de crecimiento casi nunca se sienten como crecimiento. Se sienten como estancamiento. Como esa semilla bajo tierra que nadie ve. Pero algo se está moviendo.
Pararse, nombrar, actuar diferente
Pararme. No para huir, sino para mirar. Detenerme y observarme sin crueldad.
Nombrar. Ponerle nombre exacto a lo que siento. No “mal”. Triste. Frustrado. Agotado. Con miedo.
Actuar diferente. Si lo que venía haciendo no funcionó, la respuesta no es hacer más de lo mismo con más fuerza. Es pedir ayuda, cambiar el ritmo y aprender de quien lo está haciendo bien. Incluso, y sobre todo, si es la mamá de mis hijos.
Y la última carta que saqué esa mañana fue la que me devolvió el aire. Esperanza: creer en la posibilidad a pesar de la evidencia. No es ingenuidad. Es la valentía de mantener el corazón abierto. Su animal es la oruga en la crisálida, que espera en la oscuridad algo que todavía no puede ver.
Ejercicio: escoge tu carta
Esta noche te invito a hacer lo mismo, con o sin tarjetas:
- Escribe la palabra con la que dirías cómo estás. Seguro es “bien”, “mal” o “cansado”.
- Ahora busca tres palabras más precisas. ¿Tristeza? ¿Frustración? ¿Agobio? ¿Soledad? ¿Culpa? ¿Miedo?
- Pregúntale a cada una qué te está pidiendo. Las emociones no son enemigas. Son mensajeras.
- Escoge una emoción que quieras cultivar esta semana. Esperanza, compasión, paz, gratitud. Y escribe un gesto pequeño para acercarte a ella.
Si quieres las tarjetas Mis emociones y yo, las encuentras en el Market Ápice de www.apicecc.com. Son 52 emociones, cada una con su definición, tres preguntas para conversar y un animal que la hace visible. Las creamos para normalizar la vulnerabilidad, sobre todo en los hombres, y para darnos permiso de hablar de lo que “no se habla”: contigo mismo, con tu pareja, con tus hijos, con tu equipo.
Y si lo que sientes pesa más de lo que puedes cargar, no lo cargues solo. Habla con alguien de confianza o busca un profesional. Pedir ayuda también es valentía.
Por ellos, por mí, por los que creyeron
Mi lucha siempre ha sido desde el ser para el hacer, y del hacer retornado al ser. Y hoy entiendo que el ser también incluye los días grises. Un papá que se permite sentir les enseña a sus hijos que las emociones no son debilidad. Un papá que cae y se levanta les enseña más que uno que finge no caer nunca.
Ese día estaba triste. Pero de esto salimos. Nos recuperamos. Y vamos a hacer que valga la pena.
Por mis hijos, que merecen un papá real y no un personaje. Por mí, que también merezco compasión. Y por todas las personas que creyeron en este proyecto, incluso cuando yo dudé.
Eso es la fe. Eso es la esperanza. Y eso, también, es fuerza.
Te dejo una pregunta: si hoy pudieras escoger una sola carta, ¿cuál sería? Escríbela en los comentarios. Una palabra basta.
Miguel Moreno Méndez
Coach & Consultor · Fundador de Ápice Consulting & Coaching
Del ser para el hacer, y del hacer, retornando al ser. El que se gobierna, gobierna. www.apicecc.com – @apiceconsultingcoaching – +57 300 6650987



