Carta al CEO de 45 años
que no ha dormido bien en tres años
Esta carta no es para todos. Es para el CEO que tiene 45 años, una empresa que funciona, una familia que lo admira… y que lleva tres años sin dormir bien. Para el que aprendió que pedir ayuda es señal de debilidad.
Sé que estás leyendo esto a una hora en que deberías estar haciendo otra cosa.
Quizás es temprano en la mañana y ya tienes el teléfono en la mano antes de que el resto de la casa despierte. Quizás es tarde en la noche y todavía no has podido apagar el ruido de adentro. Quizás estás en el carro, entre una reunión y otra, robándole tres minutos a una agenda que no te pertenece del todo.
Llevas tiempo así. No es solo hoy.
Y lo sabes.
Tienes cuarenta y cinco años, o estás cerca, y desde afuera todo tiene sentido. La empresa funciona. El equipo te respeta. La familia está orgullosa. Los números, aunque exigen, están. Nadie diría que hay algo mal. Nadie lo vería.
Pero tú llevas tres años sin dormir de verdad. Sin esa clase de descanso que te devuelve entero al día siguiente. Te despiertas en la madrugada con la mente ya encendida, repasando lo que no se terminó, lo que puede salir mal, lo que depende de ti. Y antes de que suene la alarma ya estás funcionando, o algo parecido a funcionar.
Eso no es vida. Es resistencia. Y la resistencia sostenida durante demasiado tiempo tiene un nombre que los hombres en tu posición rara vez se permiten decir en voz alta.
«No te cuento esto para diagnosticarte. Te lo cuento porque yo también estuve ahí. Y porque sé que detrás de esa agenda impecable hay un ser humano que lleva mucho tiempo esperando que alguien le diga lo que nadie le dice.»
Que está bien parar.
Que pedir ayuda no es debilidad, es el acto de liderazgo más honesto que existe.
Que el agotamiento que sientes no es el precio obligatorio del éxito. Es una señal. Y las señales, cuando se ignoran el tiempo suficiente, se vuelven más costosas que aquello que estabas tratando de evitar.
Quiero hablarte de algo que me tardó muchos años entender. Y que nadie me enseñó en ninguna maestría, en ningún programa de liderazgo, en ninguna junta directiva.
Durante años construí mi identidad alrededor de los resultados. Era el más joven, el más preparado, el que llegaba primero y se iba último. El cargo decía que iba bien. Los números confirmaban que iba bien. Y yo me creía esa historia porque era la única que sabía contar.
Lo que no sabía contar era lo que me estaba pasando por dentro.
El distanciamiento que crecía en casa sin que yo lo nombrara. La irritabilidad que llamaba carácter. El insomnio que justificaba como precio del compromiso. La soledad, esa soledad particular del que está rodeado de gente y aun así se siente completamente solo con lo que carga, que simplemente no cabía en ningún informe.
Hasta que el cuerpo dijo basta.
Y cuando el cuerpo dice basta, no negocia con el calendario. No espera a que termines el trimestre. No respeta la reunión de junta. Simplemente para. Y tú, con toda tu capacidad, con toda tu experiencia, con todo lo que construiste, te encuentras sin saber qué hacer con lo que sientes porque nadie te enseñó a habitarlo.
Eso me pasó a mí. Y sospecho que algo parecido, quizás no igual, pero sí familiar, te está pasando a ti.
«La pregunta que nadie se atreve a hacerte, y que muy pocos líderes se atreven a hacerse, es la más simple y la más profunda: ¿Desde quién estás haciendo lo que haces?»
No desde qué metodología. No desde qué estrategia. Desde quién.
Porque hay una diferencia enorme, que se siente en el cuerpo, que se nota en los equipos, que se vive en los resultados, entre un líder que actúa desde la claridad de saber quién es y uno que actúa desde el miedo de no serlo suficiente. Entre uno que lidera desde la fortaleza de haberse conocido a sí mismo y uno que lidera desde la urgencia de no detenerse demasiado tiempo a mirarse.
El primero duerme bien. No porque no tenga problemas. Sino porque tiene una relación honesta consigo mismo que le permite procesar lo que vive sin que se le acumule en el cuerpo.
El segundo, y esto lo digo con todo el respeto que merece quien llegó hasta donde llegó, trabaja mucho y descansa poco. Produce resultados hacia afuera mientras se vacía por dentro. Y llega un momento en que ese vaciamiento cobra lo que se le debe.
Hay algo que aprendí en el camino más difícil, y que hoy es el centro de todo lo que hago:
El liderazgo no empieza en el cargo. Empieza en el ser. El ser que informa el hacer. El hacer que, cuando se observa con honestidad, nos devuelve al ser, más profundo, más completo, más sabio. No es un punto de llegada. Es un ciclo vivo. Del ser para el hacer, y del hacer, retornando al ser.
Y cuando ese ciclo se interrumpe, cuando el hacer toma toda la energía disponible y el ser queda sin atención, sin espacio, sin voz, es cuando aparece el insomnio. La irritabilidad. El cinismo. La sensación de que algo falta aunque no sepas exactamente qué.
No te falta más productividad. No te falta una mejor agenda o un asistente más eficiente o una nueva metodología de gestión.
Te falta volver a ti.
Y eso, volver a ti, no es un lujo. No es algo que se hace cuando haya tiempo porque ya sabes que nunca hay tiempo si no lo decides. Es la inversión más estratégica que puedes hacer por tu empresa, por tu equipo, por tu familia, y por ese ser humano que lleva tres años pidiéndote que te detengas aunque sea un momento.
«Los hombres en tu posición aprendieron a ser fuertes para los demás. Nadie les enseñó que la fortaleza real empieza por ser honesto con uno mismo.»
Yo navegué tormentas en el mundo corporativo que nadie vio desde afuera. Decisiones de miles de millones con el estómago cerrado. Amenazas que me obligaron a replantear todo. Pérdidas que no supe llorar en el momento porque no había espacio para eso en el rol que ocupaba. Y en algún punto del camino aprendí, a las malas, como suele aprenderse lo más importante, que la vulnerabilidad no es el opuesto de la fortaleza.
Es su condición.
Un hombre que no puede decir que está agotado, que no puede pedir ayuda, que no puede admitir que algo en él necesita atención, no es un líder completo. Es un líder en riesgo. Y el riesgo, tarde o temprano, encuentra la grieta.
Lo que más me duele de ese tipo de liderazgo, el que yo mismo practiqué durante años, no es lo que le costó a mi carrera. Es lo que le costó a las personas que amaba y que merecían una versión más presente de mí. La versión que no llegaba ya drenada. La versión que podía escuchar sin que la mente estuviera a tres reuniones de distancia. La versión que dormía.
Así que te escribo esto, no como consultor que te explica un modelo, sino como alguien que recorrió ese camino y salió del otro lado con algo que vale más que cualquier resultado financiero: claridad sobre quién soy cuando no tengo título. Congruencia entre lo que pienso, lo que siento y lo que hago. Y una forma de liderar que no me cuesta la salud ni me aleja de lo que amo.
Eso es posible para ti también.
No te pido que dejes de ser ambicioso. No te pido que bajes la guardia. Te pido algo más difícil: que te mires con la misma honestidad con que miras tus estados financieros. Que le prestes a tu mundo interior la misma atención estratégica que le prestas a tu mundo externo. Que dejes de tratar el agotamiento como un costo de operación y empieces a verlo como la señal que es.
Porque tú no eres tú empresa. Eres mucho más que lo que produces. Y hay una versión de ti que sabe eso, que lo supo siempre, y que lleva tres años esperando que le des espacio.
Es momento de dárselo.
Del ser para el hacer, y del hacer, retornando al ser.
El que se gobierna, gobierna.
Miguel Moreno Méndez
Coach Ejecutivo· Consultor · Autor
Director General · Ápice Consulting & Coaching
Creador del Método Ápice, Programa Respiro
miguel@miguelmorenomendez.com
www.miguelmorenomendez.com
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